martes 6 de octubre de 2009

Kultura

Había llegado a Madrid por la mañana, tras un largo pero cómodo viaje en Business Class y con la perspectiva del fin de semana en un buen hotel a cargo de la productora que quería contratarme. En breve, ésta iniciaría una serie sobre treintañeros y cuarentones alejados de la marginalidad, la estupidez y la ordinariez, adentrándose así en un terreno vírgen en la televisión española, y querían que yo participara activamente en el proyecto. La idea me sedujo desde el primer momento, y no únicamente por la oferta económica o porque pudiera trabajar desde Buenos Aires sino por cuanto suponía una apuesta original e interesante, una ruptura discernible con lo que hasta entonces venían emitiendo las distintas cadenas.

Por la tarde, con el estómago satisfecho (un cochinillo que se santiguó nada más verme) y una siesta reparadora del agrado de mis jugos gástricos, salí a pasear a la calle, sin otros horizontes que el ocio e ir a saludar a mi amigo Marcelo. Visité el Museo del Prado, me tomé unos caracoles con cerveza negra en un bar próximo a la Puerta de Toledo, subí andando hasta atravesar la Pza. Mayor, Gran Vía, continuado por San Bernardo y Eloy Gonzalo para llegar finalmente a Sta. Engracia, que es donde vivía mi paisano. Me abrió él mismo la puerta y me dió un sentido abrazo. Enseguida apareció su mujer y repitió el gesto, añadiendo el clásico saludo español de dos besos. A renglón seguido, descorcharon el vino mendocino que les había llevado y nos sentamos a tomarlo en el comedor, acondicionado para una pequeña celebración que daban esa misma noche con motivo del cumpleaños de ella. Intenté balbucear una excusa para evadirme del festejo, dada mi aversión a dichos eventos, pero no hubo disculpa que les valiera. Obligado por las circunstancias, y sin ánimo de ser descortés con unos amigos a los que apreciaba, me armé de paciencia y acepté estoicamente mi aciago destino inmediato.

Su concepto de que no iban a ser muchos chocaba con lo que mi cultivada misantropía era capaz de soportar sin padecer efectos secundarios y la gente empezó a llegar hasta conformar un grupo bastante homogéneo de alrededor de venticinco personas en el que yo no encaja. Tampoco lo pretendía, así que me arrimé a mi amigo y cuando lo perdía de vista, deambulaba a la deriva por las zonas donde se desarrollaba la fiesta: el salón, la terraza, donde había otra mesa repleta de empanadas argentinas, sandwiches de miga, jamón, tortillas y bebidas varias, y la cocina, oasis donde se retiraban algunos para escapar del ruido o mantener conversaciones más privadas. Precisamente aquí fue donde la encontré o, mejor dicho, ella me encontró a mí, porque yo estaba sentado tranquilamente mirando a contraluz el vino que acababa de servirme cuando se produjo su aparición.
- Me dijo Marcelo que eres escritor – soltó en cuanto entró por la puerta y antes de que pudiera reparar en su presencia, como si estuviera siguiéndome y hubiese esperado una ocasión propicia para abordarme.
Giré la cabeza y la observé unos instantes antes de contestar. Era una rubia de esas que lo son sólo en apariencia, como las novias de los gánsters de las películas, tenía unos rasgos suaves que me hicieron pensar en genes recesivos, vestía con modernidad y un criterio que pretendía ser elegante pero no pasaba de pretencioso. Llevaba maquillaje a discreción y unas gafas de sol colocadas sobre el pelo, acaso temerosa de que las bombillas de 60 watios aumentaran imprevistamente su potencia a lo largo de la noche y terminaran cegándola. Por lo demás, era poquita cosa aunque se desabotonara el escote y los pantalones le marcaran un culo que empezaba a desbordarse. Sin pretender dármelas de visionario, la imaginaba casándose con un infeliz, teniendo dos hijos y viviendo en un departamento chiquito y amueblado con mal gusto en algún lugar de la periferia.
- Ajá – contesté acompañando mis palabras con un movimiento de cabeza
- A mí me encaaanta leer – se embaló como si a mí me importara algo o mi expresión denotara el más mínimo interés – ahora estoy terminando la trilogía de Larsson…es alucinante….¿la has leído?
- No, me temo que no leí ni la sinopsis
- ¿Sinopsis? ¿es otro título suyo? ¿de antes de la trilogía, no?
- Sí, búscalo en Google
- ¿De verdad no has leído la trilogía? – repitió con asombro
- En Argentina tuvo tanto éxito, que está agotada – mentí
- Jo, pues tú te lo pierdes, es un libro guay….casi me gustó tanto como El Código Da Vinci….¿éste sí lo leíste, no?
- Por supuesto, dos veces – volví a mentir
- Es que es una historia taaaan buena y está taaan bien escrita…Oye ¿y tu cómo te llamas?
- Guido, Guido Finzi
- Ah, pues no, no he leído ningún libro tuyo….Oye, ¿y te gusta Paulo Coelho?
Me gustaba tanto la prosa del brasilero como cortarme las uñas de los pies con los dientes pero le seguí la corriente:
- Sí, me apasiona…es más, debería ser de lectura obligada en las escuelas
- A qué sí ¡ - exclamó entusiasmada – es mi escritor favorito….es tan profundo y taaaan sensible….pero también es un escritor que te hace pensar, no te creas…
- A mí, desde luego, no me deja indiferente – contesté pero pensando que sí, que te hacía pensar… en no volver a agarrar nunca más un libro
- Jo, cómo me gusta hablar de literatura con alguien que entiende…aquí no puedes hablar con casi nadie, porque la mayoría de la gente no lee……hay mucho alfabeto suelto ¿sábes?
- Es lo que tienen los alfabetos, que les gusta andar sueltos…
- Sí, hay gente muy atrasada que no entiende nada de cultura….Oye, del que no leí nada es de Borges ¿me lo recomiendas?
Yo creía que para todo tenía que haber cierto límite, incluso para ser boluda. Por desgracia, sus palabras me convencieron de que en esto también me había equivocado.
- Noooo, no perdás el tiempo con él ….de los argentinos, quedáte con Bucay….te va a encantar
- Espera, espera que voy a buscar al bolso una libreta que tengo y lo anoto, que después se me olvida……ahora mismo vuelvo.

Apenas salió ella por la puerta de la cocina, hice yo lo propio, sólo en dirección contraria; directamente hacia la calle y con una botella de vino empezada en una mano y una copa en la otra. Por el camino, saludé con prisas a mis amigos y les prometí llamarlos al día siguiente para quedar a comer o cenar. Cuando por fin alcancé la liberadora acera, me serví una generosa dosis de Ribera del Duero, sabiendo que en cuanto doblara la esquina dejaría de escuchar aquellas voces que en ese momento me llamaban inútilmente desde el balcón: “Guiido, Guiiido, Guiiido…”.

martes 29 de septiembre de 2009

Fealdad

A una manzana del diario hay un bar donde, a menudo, entro para tomar algo antes de regresar a casa. No es un lugar de gran lujo pero tampoco cae en la categoría de tugurio; las paredes están revestidas de madera vieja tratada con esmero, las mesas cubiertas de un mármol descolorido como lápidas del pasado y la clientela compuesta, principalmente, por oficinistas con la corbata aflojada y el saco arrugado. Por fuera, la cosa apenas mejora, con la vieja piedra de la fachada sobreviviendo milagrosamente a los caprichos grafiteros y un enorme ventanal donde se pueden descifrar, no sin esfuerzo, las letras rojas que componen el nombre del boliche: “Bar-Restaurante Rioplatense”. Pero, imponiéndose a cualquier desmerecimiento estético, lo que atrae a la gente a su interior es el agradable trato de los hermanos Loroño, la más que digna oferta de vinos mendocinos y salteños y, fundamentalmente, la magia de la Sra. Lola (matriarca del clan) a los fogones. Probar sus guisos, arroces, empanadas o postres, supone una experiencia que nos reconcilia con el mundo a través del estómago, evidenciando nuestra condición física por encima de las consideraciones del intelecto. Un placer que nos predispone a la buena onda y a cierta efervescencia vital en cuanto salimos a la calle, henchidos de satisfacción y gratitud. De ahí que siempre que paso por la puerta termino entrando y sucumbiendo a la tentación.

El pasado jueves por la tarde, después de llevar mis habituales dos notas semanales a la Redacción, hice una parada obligada en el Rioplatense. Aún cuando era temprano, todas las mesas estaban ocupadas, así que me acodé en un rincón de la barra y pedí un vinito tinto y un par de empanadas: de choclo y de carne. De inmediato me entregué con esmero a la degustación de tan sencillos y suculentos manjares, sin reparar en el entorno y recreándome únicamente en el goce de sentidos. En ese instante, el mundo se podía hundir debido el deshielo de los casquetes polares o incendiarse bajo el ataque del sol aprovechando el boquete de la capa de ozono, que a mí me daba lo mismo, siempre y cuando me dejaran terminar de comer. Para suerte de todos los demás, dichos sucesos no acaecieron pero, para desgracia mía, la comida se me atragantó cuando apareció el polaco Roitman acompañado de otro tipo. Como no había sitio en las mesas y tampoco en el resto de la barra, se pegaron a mi lado, obligándome a correrme e un lado y aguantarlos un rato.
- Cómo me alegro de verte, Guido ¡ – exclamó teatralmente el polaco

Este chanta había sido mi primer editor, antes de pasarse al sector de las nuevas tecnologías y otros negocios de los que obtener mayores réditos. Yo no le tenía precisamente cariño pero tampoco rencor, así que en cuanto lo tuve delante, lo observé con curiosidad. El flaco se mantenía bárbaro a sus casi cincuenta años, vestía impecablemente un traje oscuro que producía un enigmático y favorecedor contraste con la claridad de su pelo, su piel se mantenía tersa como la de un pendejo y sus ojos transmitían una mirada avispada de aguda inteligencia. Era, en definitiva, un tipo pintón con notorio éxito entre las minas gracias a su apariencia de galán maduro. En contraste, a su lado había un retaco barrigudo y morocho que parecía un híbrido entre Danny De Vito y Chiquito de la Calzada, empilchado con las últimas novedades del vestuario de Tony Manero, y con más oro colgando que M.A. Barracus después del día de cobro. Antes de que abriera la boca supe que era un paleto, como me quedaría confirmado en breve. Se llamaba Fulgencio y provenía de un pueblo de la costa española donde había cambiado la cría de cerdos por la especulación inmobiliaria y la rapiña de las ayudas de la UE. El sujeto, apóstol del exhibicionismo primario de los que llevan la camisa desabrochada, emparentaba con esa gente ordinaria que todas las tardes se mostraban impúdicamente en El Diario de Patricia, diciendo “problema” a cada rato y luciendo dentaduras que parecían el teclado de un piano. Para completar el retrato, se compró un Mercedes tras el primer edificio que construyó, tenía un cuñado concejal, una mujer con varices que tejía tapetes de ganchillo y vivía en una casa grande y hortera donde convivían los jamones colgados con los cuadros de la Vírgen del Rocío, las pantallas de plasma con las muñecas flamencas y los muebles de nogal con esperpénticos recordatorios de bodas y comuniones.
- Así que viviste en Madrid…. – inquirió David el Gnomo tras darme la mano y dejármela embadurnada de repelente sudor mantecoso
- Sí, me vine hace poco más de un año – contesté con desgana
- Qué chorbas que tenéis por aquí ¡ - soltó sin venir a cuento y en voz tan alta como si estuviera en el mercado – lástima que yo esté casado – añadió guiñándome un ojo
- Hay gente para todo – respondí sin que captara la ironía
- Joder, a ésa tronca no me importaría pegarle un viaje – dijo señalando con el dedo a un impúber en camiseta de tirantes – yo, cuando quiero un polvito así, jovencito, de esos tiernos, me voy a Cuba o a Santo Domingo…..le digo a la parienta que tengo que resolver unos negocios y me la paso que ni os lo podés imaginar….las mulatitas son más dóciles jajajaja – reía el degenerado con la boca llena

En ese momento me asaltó la tentación de agarrarlo de las solapas del saco y meterle un rodillazo en las bolas pero me dominé. Supuse que su barriga me impediría llegar al objetivo y que era de ésos que se tienen que poner calzoncillos para encontrarse el paquete cada mañana. Miré a continuación al Polaco y éste alzó las cejas antes de intervenir, pasando una mano por la espalda del individuo:
- Fulgencio está acá para invertir en un gran proyecto – expresó falsamente amistoso
- Sí, en España ahora son malos tiempos para la construcción y el Doctor Roiman (se comía la t) y yo vamos a construir el mejor hotel de toda La Patagonia – declaró el paleto, sacando pecho.
Al polaco le delató la mirada y enseguida comprendí quién haría el negocio. Por primera vez me alegré de que fuera un chanta e imaginé complacido cómo el otro asqueroso, que representaba todo lo que yo detestaba, regresaría a casa desplumado como un pollo. Afortunadamente, y salvaguardando mi paciencia, no tardó en quedar libre una mesa y los dos se apresuraron a ocuparla, sin tener tiempo siquiera de despedirse. Aliviado, pedí una tercer empanada y otro vino para celebrarlo antes de irme a casa, con la mano seca y el consuelo de saber que el que vive jodiendo, más tarde o más pronto, termina jodido.

* Dedicado a S. Cid

domingo 20 de septiembre de 2009

ARRIESGÁTE, BOLUDO

Fue un día lluvioso, recuerdo, cuando mi vieja amiga Carla me citó para tomar unas cervezas y charlar un rato. Yo acababa de romper con mi novia y los amigos me telefoneaban seguido para darme conversación, ayudándome sensiblemente a esquivar la melancolía y el descenso hacia una atmósfera de letargo y autodestrucción. Sin embargo, a Carla hacía tiempo que no la veía y me causó especial ilusión que me llamase interesándose por mi estado. Entre ambos siempre había existido una atracción no resuelta, relegada por nuestros respectivos emparejamientos en una diacronía prolongada en el tiempo. Por eso acepté gustoso su propuesta de encontrarnos en el Café Paraná, un local con mucha madera y cristales manchados, donde concurrían los personajes más variopintos del barrio; desde refugiados de las guerras europeas hasta jóvenes estudiantes de violín de la inmediata Academia Levisohn, pasando por amas de casa aburridas, mucamas paraguayas en día de permiso y picaflores maduros de pelo retintado y aire de degenerados. En semejante escenario, uno siempre se dejaba seducir por el ocioso ejercicio de fantasear sobre las vidas de los clientes, y no pocos de mis antiguos cuentos habían sido ideados a partir de dicho entretenimiento. Por eso, y también porque la casa se me hacía muy grande, decidí llegar al Paraná con media hora de adelanto. Hacía un par de años que no lo frecuentaba, pero todo seguía igual, como pude comprobar en cuanto atravesé la puerta; el mismo mobiliario, similar público y el eterno olor dulzón a ambientador de limón que se metía con insistencia en las fosas nasales. Hasta el mozo que se me acercó se acordaba de mí, y apenas saludado me sirvió una cerveza con un platito de aceitunas negras antes de pedírselas. Esto, lógicamente, me provocó una inmediata sensación de bienestar, estimulada aún más por la facilidad con que mi mente se entretenía imaginando las vicisitudes existenciales de la fauna que me rodeaba. No más de tres o cuatro minutos más tarde, yo ya estaba emborronando servilletas de papel con todo tipo de notas, y así, en esa actitud, me encontró Carla cuando se personó junto a mi mesa.
- Bueno, parece que todavía hay esperanza de resurrección, porque por lo menos estás escribiendo….
Tan absorto estaba que no la había visto llegar y fueron sus palabras las que me delataron su presencia. Alcé los ojos y la vi. Estaba igual de linda que siempre, con su pelo corto castaño peinado en punta con los dedos, sus ojos verdes y esos rasgos infantiles que se resistían a sucumbir a la erosión del tiempo. Además, no había engordado ni un ápice y el erotismo de su fibroso cuerpo de caderas estrechas y piernas de jugadora de tenis se presentía poderoso bajo esos jeans que llevaba sin cinturón.
- Perdoná, no te había visto – me excusé, poniéndome de pie y dándole un beso en la mejilla
Tomó asiento enfrente mío e hizo señas al mozo para que trajera dos copas de lo mismo que estaba tomando yo. Seguidamente, colgó su bolso en el respaldo y, sin más preámbulos, entró en las cuestiones que atañían a mi realidad:
- Así que Laura te dejó para irse con un bombero….
- Y sí…es una forma de suicidio como cualquier otra
- No seas malo, a lo mejor el tipo es el bocho de su promoción y no sólo sabe escribir su nombre sino que incluso cuenta hasta diez sin ayudarse con los dedos…
- En serio, ¿Sabés qué es lo que más me jode de todo esto? Que yo por ella dejé de escribir y volví a ejercer mi profesión de contador público….porque los escritores, cuando nos enamoramos de verdad, dejamos de escribir….traicionamos a la escritura… no podemos dedicarnos a dos pasiones a la vez, sino que tenemos que hacerlo en exclusiva de una en una
- Bueno, ella no te alentó mucho, la verdad, sino más bien todo lo contrario….te recuerdo que, además de alejarte de tus amigos, también te introdujo en el selecto mundo de los visitantes de centros comerciales…a vos ¡ que eras de ir a museos y visitar las librerías de lance..¡
- Qué pelotudo se vuelve uno cuando se enamora, no?¡
- No, sólo cuando se enamora de quien no debe. Lástima que el amor no elija con quién..¿o querés que te relate la lista de nabos con los que salí?
- Si, vos también anduviste con cada uno..¡. En fin, todos nos equivocamos…y decíme, ¿ahora estás con alguien?
- Con vos, charlando
- Dále, contá
- No, estoy sola
- Qué desperdicio, una mina tan linda como vos…¡ - solté como el que se tira a la pileta con los ojos cerrados
- ¿Me estás tirando los perros de una forma subliminal, Guido? – preguntó entre risas
- ¿Tendría alguna opción? – inquirí en el mismo tono
- No, conmigo no te hagás el boludo ni el ingenuo, vos sabés de sobra que entre nosotros hay algo cuyo significado nos desafía.. – explicó cambiando el semblante y con formalidad
- Tenés razón – reconocí asintiendo con la cabeza para después mirar mi reloj y añadir - ¿te parece entonces que, dado que son casi las ocho, demos un paseo y te invite a cenar en un restaurante italiano de manteles a cuadros y paredes en color durazno?
- Sólo si aceptás pasear conmigo de la mano
- Es lo más romántico que me plantearon nunca
- ¿querés?
Estiré mi mano a través de la mesa, tomé la suya y dejando las cervezas a la mitad, salimos del Paraná en medio de una salva de curiosas miradas. Afuera, bajo un cielo despejado celeste pálido, el agradable olor a tierra mojada y la advertencia freudiana de que "nada es accidental y todo lo que nos sucede ya está en nosotros" golpeando en mi cabeza, lo primero que hice, fue lo que tantas veces deseé y jamás me había atrevido; la atraje hacia mí y besé largamente en la boca.
Se que nunca es tan fácil pero, por una vez, no resultó muy difícil.

sábado 12 de septiembre de 2009

¿POR QUÉ?

Algunos "¿Por qué?" que me asaltaron mientras preparaba unas doradas al horno (con papas, pimientos, cebolla, zanahorias, laurel, vino blanco, un chorrito de aceite de oliva y una pizca de sal):

- ¿Por qué en los karaokes nunca se escuchan canciones de Leonard Cohen?
- ¿Por qué la gente dice cónyugue en vez de cónyuge?
- ¿Por qué la inmensa mayoría de las modelos son boludas?
- ¿Por qué en los coches que pasan con la música a todo volúmen nunca suena “Penélope” de Serrat?
- ¿Por qué tu madre siempre tiene razón?
- ¿Por qué los cabrones viven más y mejor?
- ¿Por qué los que odian los museos, cuando salen al extranjero “tienen que ir”?
- ¿Por qué en las películas porno ellas no se sacan los zapatos de tacón? ¿y quién carajo les elige esos colores espantosos para la lencería?
- ¿Por qué en el menú de los restaurantes cutres escriben “almóndigas? (si lo escriben así, cómo las harán…)
- ¿Por qué hay gente que le añade azúcar al Nesquick?
- ¿Por qué los cd’s siempre se estropean en tu canción favorita?
- ¿Por qué la cerveza de tu casa no tiene el mismo sabor que la del bar?
- ¿Por qué la mayoría corre cuando llueve si está comprobado que te mojás lo mismo?
- ¿Por qué el que te toca al lado en la cafetería siempre hace ruido al sorber el café?
- ¿Por qué hay tanto asqueroso por la calle escupiendo cada dos pasos?
- ¿Por qué los más mediocres se dedican a la política
- ¿Por qué los que se tiran un pedo en un lugar público luego hacen ruidos con la boca para disimularlo? (sin conseguir disimular nada, claro)
- ¿Por qué tus mejores amigos siempre terminan casándose con brujas?. Las mejores amigas, lo hacen con nabos (capullos).
- ¿Por qué cuando te encontrás a una ex novia, está más buena que cuando salía con vos?
- ¿Por qué las minas que se presentan como “yo es que soy muy rara” resultan no ser más que pelotudas?
- ¿Por qué en las propagandas de tv, ellas están recontentas cuando tienen la regla?
- ¿Por qué los imbéciles se ríen del prójimo pero jamás de sí mismos?
- ¿Por qué tanta gente tiene la ordinaria costumbre de hablar con la boca llena?
- ¿Por qué las buenas películas de cine clásico las pasan por televisión a horas intempestivas?
- ¿Por qué cuando hace 40 grados, en las Noticias lo llaman buen tiempo?
- ¿Por qué el Coyote nunca agarra al Correcaminos? ¿y qué clase de animal es éste último?
- ¿Por qué cuando uno se muere se vuelve bueno de repente?

Y una más, de regalo y que no es mía, sino de mi paisana Gabriela Acher: “¿Por qué si soy tan inteligente, me enamoro como una idiota?”

domingo 6 de septiembre de 2009

UN TIPO MACANUDO

Se llamaba Federico Löwenstein, y cuando yo lo conocí tenía 94 años aunque, por su aspecto, aparentaba una decena menos. Alto, desgarbado, con rasgos fuertes y una mirada limpia proveniente de unos estrechos y acerados ojos grises, hablaba con una voz grave de marcado acento extranjero que, sin embargo, resultaba reconfortante. Sus movimientos y hasta el más mínimo de sus gestos, tenían una gracia natural, una sencilla elegancia que potenciaba el porte aristocrático que transmitía su derecha figura. Vistiendo, recordaba a esos hombres de la burguesía de antaño: impecables trajes cruzados en azul o negro, inmaculadas camisas blancas, sombrero oscuro y zapatos bien lustrados. Pero con todo, y el singular conjunto me inclinaba a emparentarlo con ciertos personajes de novelas leídas, lo que más llamó mi atención, fueron sus cabellos: blancos, abundantes, peinados hacia atrás empapados en agua y con unos reflejos amarillentos que asocié al uso de lavandina, acaso como anticaspa o antiparasitario (vaya uno a saber las manías de algunos viejos).
Por aquél entonces, hará un lustro, yo comenzaba a frecuentar cierto viejo Café cercano a mi antiguo domicilio. Uno de esos locales que tuvieron tiempos de esplendor (igual que el país) y que con el transcurso de los años se fueron momificando en una decadencia teñida de bohemia, resistiéndose a la sustitución del noble mobiliario y conservando parte de una vieja clientela como sello de garantía de lo que había sido. Recuerdo con nitidez que, durante varios días, nos mirábamos con disimulo desde nuestras respectivas mesas: yo intrigado por la fascinación de adivinar a un tipo cargado de historia y él….no sé, quizás, únicamente devolviendo la curiosidad por sentirse observado. Así, en ése intercambio, nos mantuvimos hasta que una buena mañana, inesperadamente, el anciano se plantó frente a mí y abordó con exquisita educación:

- Discúlpeme que le moleste, joven, hace tiempo que vengo advirtiendo que mi persona despierta algún interés en usted y estoy más que convencido de que es escritor ¿me equivocó? – preguntó con la sonrisa segura de quien conoce la respuesta
- No, no se equivoca……..publiqué un par de novelas – acerté a balbucear con falsa modestia
- Eso está muy bien, muy bien……¿le importaría que me siente?
- No, por favor, tome asiento –
- Cuando yo fui joven, allá por el Medievo, conocí a muchos escritores en la Vieja Europa. Tenía ud. que haber visto lo que eran los Cafés de entonces: uno podía coincidir con Kafka o con los hermanos Zweig como si fuera lo más natural del mundo. Yo, sin ir más lejos, era muy amigo de Alfred Polgar y casi todas las noches nos reuníamos a tomar cerveza y compartir historias. Y fue precisamente esto, el gusto por las historias, lo que hacía que yo buscara la compañía de los escritores, ¿sabe?. Como escribió mi admirado Elie Wiesel: “D-os creó al hombre porque le gustan las historias”. Así que sí él propio Creador se sintió tentado, imagínese nosotros, pobres mortales….
Por cierto, ¿quiere que le cuente una? – propuso tras un corto silencio
- Sí – respondí seducido por los nombres que había citado y teniendo la certeza de que iba a disfrutar de la narración
- Entonces le voy a contar la mía. Eso sí, le voy a pedir que tenga paciencia si no sigo un orden lógico. Ya soy muy mayor y mi memoria lacustre está llena de lagunas..
Esa mañana, me contó las nostalgias de sus inicios en el teatro yiddish, allá en Centroeuropa, sus posteriores y estelares representaciones en el Ombú, el Excelsior o El Soleil y sus prolongadas giras por los Estados Unidos. Por esos años gloriosos, trabó amistad con el mítico Maurice Schwartz, con Ben-Ami, Paul Muni, e incluso le atribuyeron un romance con la mismísima Pola Negri que él nunca desmintió ni detalló. Cuando regresó definitivamente a la Argentina, vivió el declive de aquello que contribuyó a florecer y tuvo que reciclarse en el teatro convencional, sin desechar ofertas del cine, donde actuó en no pocas películas bajo el pseudónimo de Jorge Carrizo. Completando tan pintoresco cuadro de protagonista de su tiempo, me habló de Borges, de quien fue leal amigo, de sus amoríos con conocidos rostros de la escena porteña y de los numerosos viajes que realizó a lo largo y ancho del mundo: desde Canadá hasta Australia, pasando por el Sudeste Asiático, Europa de Norte a Sur y parte del Continente africano.

Si esa primera vez disfruté de los pasajes de la vida de mi nuevo amigo, no menos lo hice en las innumerables mañanas, tardes y noches que pasé oyéndole contar otras anécdotas de su intensa biografía. Por otra parte, y en lo que se refiere a su cotidianidad más común, les diré que vivía en un caserón en Caballito Norte, en compañía de seis perros recogidos de la calle y que nunca se casó; no por falta de oportunidades sino por justo lo contrario, convenciéndose desde muy joven su incapacidad para amar a una única mujer. En lo que se refiere a los bienes materiales, el viejo poseía un edificio de oficinas en la calle Talcahuano, dos casas en Palermo y cuatro locales comerciales en Lavalle, todo lo cual le proporcionaba unas rentas cuantiosas que destinaba, en gran medida, a instituciones benéficas, el apadrinamiento de varios niños del Tercer Mundo y donaciones recurrentes a refugios de animales abandonados.
Cuando murió, de un traicionero ataque al corazón, me encontré con la sorpresa de que me había nombrado heredero universal de sus bienes, con la disposición explícita de ocuparme de sus perros y la recomendación de dedicar parte de mis esfuerzos en ayudar al prójimo y colaborar con causas nobles. No sólo acepté, emocionado y agradecido, continuar con su tarea sino que incluso quise rendir un modesto homenaje a su memoria, novelando su vida y dejando así testimonio escrito de un héroe sin condecoraciones doradas en la pechera. Apenas comencé a escribirla, así que sólo puedo desvelar el principio, un principio que no dice nada pero que, a la vez, lo vaticina todo: “Se llamaba Federico Löwenstein, y cuando yo lo conocí………..

jueves 3 de septiembre de 2009

HALLADO

Hasta que la siguiente historia no me fue relatada por mi buen amigo Ernesto Pontremoli, yo pensaba, aún cuando detestaba las existencias ecuánimes, que la vida cotidiana no cambiaba bruscamente salvo para los protagonistas de la pantalla o las novelas, sin comprender (seguramente por miedosa superstición) que en nuestra insignificancia sólo podemos tergiversar el pasado y complacernos en el gerundio.
Los hechos en cuestión, tuvieron lugar hace un par de años, y comenzaron con una llamada a su celular y el asomo de un número desconocido en la pantalla.

- Hola? – atendió mi amigo
- Hola, ¿Ernesto?, habla Mariana
Escuchar esa voz conocida, después de tanto tiempo, provocó en él una súbita e incómoda inquietud. Temía reavivar recuerdos esfumados por el tiempo, así que se apresuró a cortar la conversación sin entretenerse en sutilezas.
- Mirá, Mariana, vos y yo no tenemos nada de que hablar, así que ahora mismo voy a colgarte
- Esperá, por favor te lo ruego, tengo que verte urgentemente….es muy importante
- A ver, ¿qué es que no entendés?. Ni tengo nada que hablar con vos, ni quiero hacerlo…te deseo que te vaya todo bien pero dejáme en paz, para mí estás muerta desde el momento que saliste por la puerta de casa y no regresaste…¿o ya te olvidaste que de la noche a la mañana desapareciste, dejándome un escueto y cobarde “Me voy” con un imán sobre la puerta de la heladera? …
- Ya veníamos un tiempo andando mal…..pero bueno, es inútil ponernos a discutir aquello. Ahora necesito quedar con vos por otro asunto, algo que es crucial…
- ¿Crucial para quién? ¿para vos? – la interrumpió
- Para todos
En ese instante, Ernesto no comprendió el significado de ése “para todos” y después de dos o tres frases más, terminó por ceder a la desesperación de su interlocutora, sugiriendo que se encontrasen en el Café Roma, uno de sus lugares habituales de antaño. Con adelanto de cinco minutos a la hora de la cita, Pontremoli entró en el local y se encaminó a una de las mesas del fondo, donde reinaba la penumbra y el bullicio de la barra llegaba amortiguado. Tomó asiento, pidió una cerveza y apenas pudo apurar un cigarrillo cuando vió a Mariana venir hacia él, con paso decidido y de la mano de un nene de unos cuatro o cinco añitos. Se saludaron con un fugaz beso en la mejilla y acarició la cabeza del pequeño antes de volver a llamar al mozo. Pidieron, y aguardaron las bebidas en silencio; él intentando disimular la perturbación que le provocaba el aspecto macilento y el olor a remedio que desprendía ésa mujer a la que tanto quiso en su día y ella, preparándose para lo que iba a decir. Sin embargo, fue Ernesto quien habló primero, con una pregunta que lo precipitaría todo:
- Lindo nene, ¿es tuyo? – inquirió
- Es nuestro – contestó ella tras una breve pausa
- ¿Qué? ¡ - exclamó él mirándola con mucha atención, como si se quisiera asegurarse de que no le estaba mintiendo
- Cuando me fui, estaba embarazada de pocas semanas – confesó Mariana
Contrariamente a lo imaginable, y más allá de la repentina exclamación, la sorpresa de Ernesto fue moderada. En más de una ocasión había divagado con la posibilidad de haber sido padre pero siempre lo hizo como un ejercicio puramente especulativo, una sencilla y rudimentaria manera de atenuar el deseo de su inconsciente.
- ¿Y por qué me lo decís ahora? – preguntó con tono severo después de mirar a su hijo con interés unos instantes
- Por que me estoy muriendo…..tengo un tumor cerebral y los médicos apenas me dan un mes de vida. No quiero que me vea sufrir y morir…
- ¿Y querés que yo me quede con él, no? – interrogó él con repentina certidumbre y gravedad
- Sí, mañana me voy al interior, a un lugar tranquilo donde pueda morir en paz sin tener que enfrentarme con las miradas piadosas de los demás y sin dejarle a mi hijo tan triste recuerdo como herencia
Ernesto asintió con la cabeza, conmovido y sin poder reprimir el gesto de apretarle las manos que se retorcían inquietas sobre la mesa. Ella se lo agradeció con una mirada cálida y una sonrisa forzada antes de retirarlas. Tenía miedo a morir y el dramatismo que conllevaba la ternura se lo recordaba de inmediato, por lo que huía de él a toda costa.

- Bueno, bueno, no nos pongamos tiernos….estamos parando donde mi amiga Silvana, ¿te anoto la dirección y mañana venís a buscarlo? Yo no parto hasta la tarde-noche, así que….
- No hay problema, cuando vos me digás, yo voy

Mariana,de golpe apresurada, anotó la dirección en una servilleta de papel, mandó al nene que diera un beso a su padre y se despidió con un mínimo abrazo que puso de relieve su terminal delgadez. Érnesto, emocionado, los siguió con la mirada hasta que salieron de su campo visual, digeriendo lo acaecido y asustado ante una metafísica certeza: la naturalidad con que la vida y la muerte caminan de la mano.

jueves 27 de agosto de 2009

VOLVER A VERTE

Precisamente cuando mejor me iban las cosas en la vida, me encontré por la calle con un antiguo amor. De inmediato nos reconocimos porque, a pesar de la década transcurrida desde que estuvimos juntos, el tiempo nos había tratado con benevolencia. Sobre todo a ella. Vestida con un elegante traje sastre gris oscuro, camisa blanca y zapatos caros, mantenía el peso de cuando tenía treinta. Además, había cambiado de peinado, portaba anteojos y su expresión transmitía una madurez que mejoraba su atractivo, en exceso convencional, de antaño. Ahí parados, en medio de la vereda, maquinábamos velozmente qué decirnos, de qué manera abordarnos sin parecer cohibidos o incómodos por la coincidencia. Por fortuna para ambos, casualmente en ese instante sonó su celular y ella atendió la llamada, haciéndome un gesto con la mano para que la aguardara mientras hablaba, con su típica voz áspera y fuerte, sin quitarme la vista de encima. Yo, por el contrario, la miraba sólo de manera furtiva, fingiendo entretenerme con el libro que traía bajo el brazo o revisando estúpidamente imaginarios mensajes en mi teléfono. Cuando al fin se desocupó, vino hasta mí con su mejor sonrisa, y me dio un cálido beso en la mejilla, muy cerca de los labios.

- Qué sorpresa, Guido ¡
- La verdad es que sí, porque éste no es mi barrio y hacía más de un mes que no venía por acá
- ¿Seguís viviendo…?
- Sí, en el mismo sitio – la interrumpí
- Yo instalé un despacho de abogados justo a la vuelta, en Talcahuano, y ahora salía para ver si ceno algo, porque tuve un día de locos….no te podés imaginar lo hinchapelotas que son los clientes ¡….así que no comí nada en todo el día y, cómo entenderás, no tengo ganas de llegar a casa y ponerme a cocinar, viste?
Asentí con la cabeza, sospechando que tantas explicaciones tenían más que ver con el sesgo que tomarían las cosas que con un simple acto informativo
- ¿Vos cenaste?
- No, no… - balbuceé, captando que la tácita invitación venía cargada de improvisada intencionalidad

Me agarró del brazo y nos encaminamos a un lugar donde, según ella, servían la mejor comida japonesa de la ciudad. Cenamos, charlamos de amigos comunes, de cómo nos había ido en la vida y terminamos sucumbiendo a evocaciones del pasado, a tiernos recuerdos sentimentales que no nos hacían ningún bien pero que ayudaron a crear un progresivo clima de intimidad. Comprendí entonces, que lo intuido se iba tornando evidente, y me dejé llevar con pasividad hacia el punto de convergencia entre su sugerencia y mis instintos. Sabía, a fuerza de experiencia, que mi voluntad siempre retrocedía ante situaciones análogas, así para qué poner empeño en la contención cuando se me presentaba la oportunidad de sucumbir ante una tentación gozosa?. Concluida la cena, y conforme al guión, paramos un taxi y nos dirigimos a su domicilio en Palermo. Mónica vivía en el quinto de un coqueto edifcio de la calle Charcas, con portero las 24 horas, mucho bronce en el portal y finos comercios con nombres en francés a lo largo de toda la cuadra. Como ella misma me había confesado, las cosas le marchaban muy bien y ganaba casi tanta guita como su marido, cirujano plástico, de Congreso en alguna parte de Brasil. Sin más preámbulos que correr las cortinas del comedor y servirnos un vaso achatado de The Macallan con hielo, nos sentamos en el sofá y comenzaron los besos y caricias. Apuramos las bebidas, ella tomando del recipiente, yo vertiendo la mitad por su cuerpo para luego recogerlo a lamentotes, y nos dirigimos con urgencia a su habitación.
Por la mañana, nada más despertarnos, compartimos ducha y unos mates en silencio antes de despedirnos en la puerta, donde ella subió a un taxi y yo crucé la calle para tomar un café con medialunas en la esquina. Ya devorado el desayuno y entretenido con las necrológicas del Clarín, mi celular emitió el sonido indicativo de haber recibido un mensaje. Miré y era de ella: “ si querés, otro día repetimos”. “Claro”, contesté escuetamente, recordando porqué la había dejado y confirmando que, con minas así, uno sólo puede ser amante, o cornudo.